Al Alba
Velaba la llegada del alba, con el perfil recortado sobre los muros del patio en el que comenzaban a desperezarse las plantas. Era un rato cotidiano del que sólo esperaba que la escarcha del amanecer fuera compasiva con ella y le refrescara las heridas del cuerpo porque, para las del alma, tenía la certeza de que no habría remedio. Corrían los años cincuenta y a ella aún le quedaban algunos para alcanzar los cuarenta. Eran tiempos oscuros, consentidores mudos de la evidencia de su cuerpo contuso y, cansada de buscarle razones a la crueldad, desfallecida ante su insólita manera de aceptar con aquella mortificada resignación la crueldad de su sino de mujer, prefería creer que el desvarío había querido confabularse con los entresijos tenebrosos de la maldad para segar, definitivamente, su capacidad de asombro ante aquel continuado quebranto de su dignidad. Se levantaba de madrugada porque el sueño se empeñaba en huir demasiado pronto d...