Al Alba
Velaba la
llegada del alba, con el perfil recortado sobre los muros del patio en el que
comenzaban a desperezarse las plantas. Era un rato cotidiano del que sólo
esperaba que la escarcha del amanecer fuera compasiva con ella y le refrescara
las heridas del cuerpo porque, para las del alma, tenía la certeza de que no
habría remedio.
Corrían los
años cincuenta y a ella aún le quedaban algunos para alcanzar los cuarenta.
Eran tiempos oscuros, consentidores mudos de la evidencia de su cuerpo contuso y, cansada de buscarle razones a la
crueldad, desfallecida ante su insólita
manera de aceptar con aquella mortificada resignación la crueldad de su sino de
mujer, prefería creer que el desvarío había querido confabularse con los
entresijos tenebrosos de la maldad para
segar, definitivamente, su capacidad de asombro ante aquel continuado quebranto
de su dignidad.
Salía con
sigilo por la puerta trasera de la casa que daba al huerto y se sentaba en el
único banco de piedra que había, junto a la pared, azocada bajo el abrigo del
silencio. De su delantal de cuadros desvaídos sacaba la bolsa en la que guardaba el tabaco negro, y lo iba liando
en el papel, envolviéndolo con destreza hasta que terminaba sellándolo con su saliva
de amargura; luego encendía el cigarro
con la llama de la lamparilla que, por noviembre, prendía para sus muertos.
Algo más
tarde, mientras comenzaba a estirarse el alba sobre su espalda, escuchó su
nombre, pronunciado sin el anhelo del amor, envuelto en el presagio sombrío de
la voz de su verdugo. Miró por última vez las plantas y se despidió de ellas
con un gesto de su mano. Después, despacito, entró en la casa y cerró tras ella
la puerta, tal vez, para siempre.
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