Al Alba


 

Velaba la llegada del alba, con el perfil recortado sobre los muros del patio en el que comenzaban a desperezarse las plantas. Era un rato cotidiano del que sólo esperaba que la escarcha del amanecer fuera compasiva con ella y le refrescara las heridas del cuerpo porque, para las del alma, tenía la certeza de que no habría remedio.
 
Corrían los años cincuenta y a ella aún le quedaban algunos para alcanzar los cuarenta. Eran tiempos oscuros, consentidores mudos de la evidencia de su cuerpo  contuso y, cansada de buscarle razones a la crueldad, desfallecida ante su  insólita manera de aceptar con aquella mortificada resignación la crueldad de su sino de mujer, prefería creer que el desvarío había querido confabularse con los entresijos tenebrosos de la maldad  para segar, definitivamente, su capacidad de asombro ante aquel continuado quebranto de su dignidad.

 Se levantaba de madrugada porque el sueño se empeñaba en huir demasiado pronto de su lado, abandonando su carne dolida a la noche, en la que pasaba muchas horas amontonando desvelos, tratando de enhebrar en ellos los desperdigados sueños de antaño, tejiendo quimeras para escapar de la verdad de su terrible existencia.

Salía con sigilo por la puerta trasera de la casa que daba al huerto y se sentaba en el único banco de piedra que había, junto a la pared, azocada bajo el abrigo del silencio. De su delantal de cuadros desvaídos sacaba la bolsa en la  que guardaba el tabaco negro, y lo iba liando en el papel, envolviéndolo con destreza  hasta que terminaba sellándolo con su saliva de amargura;  luego encendía el cigarro con la llama de la lamparilla que, por noviembre, prendía para sus muertos.

 Fumaba adrede, casi con rabia, porque en ese hábito encontró su particular  manera de rebelarse contra su rutinaria asignación de golpes iracundos. Inhalaba intensamente el humo, cómo si con él llegara hasta su corazón la vida misma, pero de otra manera,  como aquella que inventara, en la adolescencia, para el futuro por venir. Y lo exhalaba a continuación, con fuerza, cómo si con él salieran afuera, también, cuantas inenarrables vejaciones de mujer acallada y sometida se acumulaban en sus entrañas. Consumía hasta el final el cigarrillo y lo apagaba sobre las baldosas que barría, después, con la escoba de palma, que arrastraba entre sus vaivenes la ceniza y las hojas muertas que caían de los árboles frutales, de la misma manera con que se le había ido desatando a ella el nudo que la vinculara a la vida, sin lamentos inútiles ni aspavientos, con la misma parsimonia inexplicable con que aceptaba el sufrimiento.

Algo más tarde, mientras comenzaba a estirarse el alba sobre su espalda, escuchó su nombre, pronunciado sin el anhelo del amor, envuelto en el presagio sombrío de la voz de su verdugo. Miró por última vez las plantas y se despidió de ellas con un gesto de su mano. Después, despacito, entró en la casa y cerró tras ella la puerta, tal vez, para siempre.

 

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